Enero vs agosto

Los días con Penny

Llevo días pensando este post.

Encontré las primeras fotos que le tomé a la Penny y me impresioné de lo chica, flaca, desconfiada y asustadiza que era. Corría , con su pata izquierda trasera suspendida en el aire, sin dirección clara, por toda la Escuelita de Peñalolén, donde vivía, llena de barro y mojada. A ratos, dejaba que le hiciera cariño, a cambio de galletas y miraba con cara de me vas a llevar, ¿cierto?.

Desde que le tomé esas fotos, han pasado 7 meses. 7 meses en los que ha subido 7 kilos (ya pesa 21) y ha hecho más de 7 maldades. A ratos, parece que no es mucho tiempo, pero todos los días siento que llegó a vivir con nosotros siendo muy pequeña, o al menos, sin saber nada de lo que sabe hoy.

La primera vez que comió en casa, vomitó por atarantada, porque seguramente, creía que le quitaríamos la comida. No sabía ni subir ni bajar las escaleras, se ponía tiesa y teníamos que subirla en brazos. Tampoco se había visto en un espejo, peleaba con su cola y aún le tiene miedo a las micros, a los poodles y a las personas con palos.

Aprendió a ladrar cuando necesita bajar al baño, a hacer gracias de perro (sit, la mano, down), a mear sólo en el balcón cuando no estamos para bajarla, a esperar a que le sirvan la comida y el agua, a mantenerse estoica frente a los kongs hasta que cerramos la puerta en la mañana cuando nos vamos a trabajar. Continue reading

Minientrada

Karaoke

Cuando comenzamos a cantar, sin darnos cuenta, la canción que suena en el iTunes, en el iPhone, en el escritorio, en la radio, en el auto.

Cuando comenzamos a cantar como si fuésemos los vocalistas de una gran banda, en un gran concierto.

Cuando comenzamos a cantar, aunque sea desafinado.

Yo le creo a Hinzpeter

Entre mi hermano Javier y yo hay 9 años de diferencia. Él nació el 91, yo el 82. Mis papás siempre explican “la demora” de una forma muy sencilla: “no queríamos que otro hijo nuestro naciera en la dictadura”. Fue tal su convicción que, a pesar de los intentos y tratamientos, mi hermano se negó a llegar hasta que se plebiscitó el regreso a la democracia y se eligió a don Patricio Aylwin como presidente de Chile.

Ayer, mientras veía la entrevista que le hicieron en Tolerancia Cero a Rodrigo Hinzpeter, ministro del Interior, me acordé de la explicación de mis papás. No porque esté pensando en que no tendré un hijo mientras esté la derecha en el poder- aunque no es algo descartable-. Me acordé de la explicación de mis papás porque sentí un poco de miedo al verlo en pantalla.

Entiendo que han pasado muchos años, que ahora vivimos en democracia, que Chile es un país muy distinto al que fue en dictadura. Pero sentí miedo igual. Porque le creí cada una de las palabras que dijo. Se ve que es un tipo sensato. Sin grandes pudores en mostrar un poco de perversión.

Primero, porque el Ministro del Interior afirmó sin arrugarse que en el Gobierno había personas “revisando” Twitter y leyendo lo que decían los periodistas. Sé que la pega de inteligencia es parte de cualquier gobierno y que deben leer a los periodistas porque son líderes de opinión para algunas personas. Sin embargo, el tono con que enfrentó al periodista Fernando Paulsen no me gustó.

Su enojo era evidente y sus palabras no ayudaban a hacernos creer que esa revisión sólo era un procedimiento de rutina aplicado por todos los gobiernos del mundo. Hinzpeter estaba molesto. Sin disposición a aceptar las críticas, sobrerreaccionando en cada respuesta e insistiendo que el gobierno durante este año lo ha hecho excelente. Sin errores. Cero falta.

Pensé en cambiar el canal. Obviando que no soy partidaria del gobierno actual, creo que es parte de mi profesión ver qué están diciendo los señores y señoras que dirigen el país. Así, yo empiece a putear cada vez que aparecen en pantalla. Pero, era domingo y no quería echar a perder mi día ocioso.

Tomé el control, cambié el canal pero parece que el señor ministro tenía más sorpresas para nosotros. Su grandilocuencia para destacar el primer año de Piñera en La Moneda tuvo su broche de oro cuando se atrevió a afirmar que “el tema de derechos humanos pasó hace mucho tiempo”. Y ahí si que volví a sentir miedo porque nuevamente le creía.

Entiendo perfectamente como funciona la democracia, pero eso no significa que, porque una coalición de gobierno fue partidaria del Golpe, se olvide de la justicia para todas las víctimas y sus familias.

Muchas personas, miles de personas en Chile han dado su vida para poder aclarar todos y cada uno de los casos de derechos humanos. Hace algunos días volvió a la discusión pública si el Presidente Salvador Allende realmente se suicidó. Ese es el caso más importante y el que menos se ha investigado, leí por ahí. Y para que este país logre reconciliarse, aunque sea en algo, primero debe garantizar que cada ciudadano tendrá justicia.

El hacinamiento en las cárceles ha servido para que la diputada Cristi plantee indultar a los detenidos por causas de derechos humanos porque sirvieron a la patria. Semanas atrás, el abogado representante del Ministerio del Interior en el caso Víctor Jara decidió no apelar para que fuesen detenidos 4 militares identificados como responsables de su crimen.

Por eso, cuando escuché al ministro Hinzpeter afirmar que el tema de derechos humanos pasó hace mucho tiempo no pude evitar creerle. Sentí pena y miedo. Pero no pude evitar creerle.

Me acordé de la represión en Rapa Nui. De la defensa desmedida a Jacqueline van Rysselberghe. De la represión estilo un paco por niño, como diría mi hermano en las marchas universitarias. Del caso del pakistaní acusado de terrorismo y de Manuel Olate que según el gobierno tenía vínculo con las FARC. Del ecuatoriano esposado y humillado por Carabineros porque cruzó con luz roja en la Alameda. De la violencia que sigue en contra de las comunidades mapuche en el sur.

Y me quedé pensando. Si van a dejar en un plano menos relevante la resolución de causas de violación a los derechos humanos, ¿qué queda para las demandas de los más pobres, de los trabajadores, de los estudiantes, de las mujeres, de los jóvenes, de los adultos mayores, de los discriminados? ¿De todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas de este país que confían en el papel del Estado como garante de sus derechos más básicos?

Yo le creo, señor ministro. Con un dolor terrible, le creo.

Casorio

Anoche soñé que me casaba. Si. Así, tal cual. Yo me casaba.

Era todo muy raro porque casi lo decidía de un día para otro y nunca lograba ver al novio.

Sólo estaba mi mamá y yo. Habíamos comprado un vestido de novia en una multitienda de colores pasteles que luego se perdía en el closet de una habitación color crema – bien de probador de vestidos de novia, o no?. Empezaba a revisar tooooodo el closet y no lograba encontrar el vestido. Cuando mi vieja, con su paciencia de santa se daba cuenta de mi angustia, me indicaba precisa cuál era el colgador donde mi vestido estaba.

Era un vestido raro, lleno de corsetería, broches, botones, apretado. Trataba de vestirme y era un sin fin de abrochar, amarrar, abrochar, amarrar.

Llegaba mi papá y me decía que era una mala decisión, que no podía ser así de rápido todo, que mejor lo olvidáramos y nos fuéramos de ahí… además a nadie se le ocurre casarse a las 2 de la tarde de un jueves. De eso me acuerdo perfecto.

Yo insistía en que no había nada más que hacer, que la decisión ya se había tomado.

Seguía tratando de meterme dentro del vestido y mientras me miraba al espejo, toda la apretujada vestimenta hacía que mi cabeza se empezara a ¿inflar? producto de la presión. Estaba con mi pelo tomado hacia atrás, peinada como nunca en la historia y mi cabeza crecía y yo sentía que con cada broche corría más riesgo de descabezarme producto de la explosión.

Desperté después de eso. Agradecí que ya no fuese jueves, que estuviera en mi cama, igual de soltera pecadora que antes, me acomodé, lo abracé y seguí durmiendo.

Me acordé del sueño cuando volvíamos del supermercado, sólo porque al lado de nosotros pasó un camión de gas licuado (WTF?).

Sé que hay muchas lecturas y no quiero darle muchas vueltas al tema. Vaya a saber una que cruce inconsciente hizo mi cerebro que llegó a tal pesadilla.

O será una señal? Valor!

La colita es mía

Ya sé, a los 28 años no te puede dar miedo ir al doctor.

Pero, bueno, a mi me da miedo. Como me dan miedo los ratones y los temblores. Y si, tengo 28 años y estoy grandecita pero siento miedo igual.

Desde chica estuve acostumbrada a transitar como Pedro por su casa, en el hospital donde mi mamá trabajaba como enfermera. El clásico olor a esterilización de los hospitales era algo habitual para mi, y nunca me produjo naúseas ni nada. Las jeringas eran algo normal, tanto así que cuando fueron a vacunar a mi curso, en primero básico, mi mamá encontró a todos mis compañeritos llorando porque yo les había contando que vendrían por nosotros.

Quizás esa naturalidad es la que me tiene medio frita ahora. Cuando era chica y me enfermaba, si me llevaban al doctor, siempre era un tío, por lo que no me asustaba. Si mi amigdalitis era muy grave, mi mamá me inyectaba penicilina y ya. Creo que había un código implícito entre ella y sus colegas para que nadie osara siquiera inyectarme o vacunarme.

Eso hasta ahora, que ya tengo unos cuantos añitos y que, claramente, no puedo viajar a La Ligua cada vez que me siento enferma.

Y lo paso pésimo. Cada vez que debo ir donde un doctor que no conozco, cada vez que debo vacunarme o inyectarme, es una tortura. De nada sirve la naturalidad del ambiente hospitalario aprendida de mi madre. Al contrario. Evito ir al doctor, prefiero describirle los síntomas, disminuirlos un poco y medicarme con lo que encuentre.

Lo sé. Súper irresponsable, pero nada que hacerle.

Nunca pensé que a mis 28 años eso de la colita es mía, es mía doctor tendría tanto sentido.